viernes, octubre 16, 2009

El niño del globo y su extraña familia

Redacción
El Universal

¿Quién es el menor que, aún sin estar, atrajo el interés de los medios de EU al especularse que volaba en un globo a la deriva? Pues bien, el padre es un cazador de tornados, la madre cree hablar con muertos y el pequeño Falcon Heene intercambió madre en un reality

Ciudad de México Viernes 16 de octubre de 2009
00:26 Si alguna vez ha pensado en cambiar a su esposa o esposo, entonces ha visto el programa estadounidense Wife Swap. En este extraño reality, donde dos madres intercambian familias, y conviven con otros esposos y sus hijos, fue donde apareció la familia Heene, la de Falcon, el niño que no estuvo en el globo.

Según reportes de Los Angeles Times y la cadena ABC, la familia de Falcon Heene es una aventurera que raya en lo extraño.

Según LAT, el líder de la familia es Richard, un "cazador de tornados", "un loco aventurero que lleva sus proyectos al límite en busca de novedades científicas". El globo en el que desapareció el niño Falcon, podría ser uno de esos experimentos.

La familia Heene está conformada por el científico Richard de 45 años; la esposa Mayumi, de 43; Bradford de ocho; Ryo de siete y Falcon de seis años, el más pequeño.

Supuestamente, toda la familia, incluidos los niños, se enfrascan en las aventuras científicas de su padre para demostrar sus teorías.

La madre, según Los Angeles Times, dice ser psíquica y asegura que habla con los muertos. Señala además que puede controlar el clima y que sus hijos están destinados a ser "estrellas".

cgb

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viernes, agosto 21, 2009

Amos Oz califica de desilusión al Estado israelí

 

EFE
El Universal
Roma, Italia Viernes 21 de agosto de 2009
10:32 El escritor israelí Amos Oz cree que el Estado de Israel se ha convertido en la actualidad en "una desilusión" porque es un "sueño realizado", y el único modo de mantener un sueño "perfecto y bello" es "no realizarlo jamás".

Así se expresa Oz en una entrevista publicada por el diario italiano "La Stampa", y en la que afirma que "Israel nació de los sueños, no de la geografía o de la demografía".

"Unos soñaban con reconstruir los días de la Biblia, otros soñaban con crear una réplica de las ciudades hebreas de Europa del Este, algunos soñaban con crear una copia de Austria-Hungría en Oriente Medio, ciertos otros querían una Escandinavia socialdemócrata y otros más aspiraban a un país marxista", explica el premio Príncipe de Asturias de las Letras 2007.

En su opinión, estos sueños "se han ido borrando uno al otro" y, 60 años más tarde, "Israel tiene una sensación como de desilusión, precisamente porque nació de un sueño".

"El único modo de mantener un sueño perfecto y bello es no realizarlo jamás, porque en el momento en que lo realizas, empieza la desilusión", indica el literato que, sin embargo precisa que eso no quiere decir que sea un fracaso.

Más allá del sueño, Oz considera que Israel es un país "muy mediterráneo, muy parecido a Grecia, a Italia y a España" o, en otras palabras, un lugar que "pertenece más a una película de (Federico) Fellini que a una de (Ingmar) Bergman".

Respecto al conflicto palestino-israelí, el autor de "Una historia de amor y oscuridad" se muestra confiado en que "un día habrá una embajada palestina en Israel y una embajada israelí en Palestina", que se encontrarán muy próximas porque "Jerusalén Oeste será la capital de Israel y Jerusalén Este la capital del Estado Palestino".

En cuanto a la Explanada de las Mezquitas, el escritor piensa que "debería tener extraterritorialidad y estar abierta a todos los creyentes".

Sobre su padre, contra el que se rebeló en su juventud porque quería que fuera un intelectual, mientras que él quería ser campesino, Oz asegura que, aunque murió hace 40 años, ambos aún mantienen discusiones políticas.

"Tengo la costumbre de invitar a los muertos a casa de tanto en tanto, les pido que se sienten y se tomen un café y hablamos de cosas de las que no habíamos hablado nunca cuando estaban vivos. Después del café les hago irse, porque no quiero que los muertos vivan en mi casa, pero cada cierto tiempo les invito a un café o a una conversación", manifiesta.

mzr

Tomado de acá.

miércoles, agosto 19, 2009

Museo y memoria

Aparecido en el blog de Letras Libres:
Los beneficios de la memoria

El caso del Museo de la Memoria en el Perú ilustra los problemas que una sociedad latinoamericana sigue teniendo para interrogarse y confrontar sus heridas. Es además un ejemplo de cómo las fuerzas políticas, militares y la sociedad civil continúan sujetas a las brechas y divisiones que han sido una constante en la historia peruana. La historia del Museo aún no ha concluido (no se ha empezado a construir) pero ya tiene alguna antigüedad, no exenta de episodios.

El año pasado, en una visita a Lima con ocasión de la cumbre Unión Europea-América Latina, la primera ministra Ángela Merkel de Alemania visitó en una instalación provisional la magnífica exposición fotográfica “Yuyanapaq”, que había sido preparada como parte del informe de la Comisión de la Verdad. Esta Comisión, encargada por el presidente Valentín Paniagua en el año 2001 había sido presidida por el filósofo Salomón Lerner. Su objetivo era hurgar en los casos de abusos de los derechos humanos a lo largo de la guerra de Sendero Luminoso que asoló al Perú, y en especial a sus sectores más pobres, de 1980 a 1992, año de la captura del líder senderista Abimael Guzmán. El informe de Lerner, entregado durante el régimen del presidente Toledo, es un registro minucioso y desapasionado de la guerra. En él se señala que los principales violadores de los derechos humanos fueron los miembros de Sendero Luminoso pero también se detallan muchos abusos cometidos por las fuerzas del orden. La comisión recogió diversos testimonios y sus audiencias fueron televisadas a todo el país. El informe de varios cientos de páginas está apuntalado por un registro fotográfico impresionante y por una serie de audios de algunas víctimas y familiares. El texto también señala una explicación crucial para el estallido de la violencia –el caldo de cultivo causado por un sistema social desigual e injusto–, y sus consecuencias directas: las víctimas fueron en su mayoría parte de la población serrana y quechua hablante, es decir la más pobre del país.

La exposición que visitó Ángela Merkel le hizo una impresión tan grande que ofreció un millón de euros al gobierno peruano para construir un Museo que la albergara y otro millón para su mantenimiento durante diez años. El donativo fue inicialmente rechazado por el gobierno de Alan García con la excusa de que no era el momento de reabrir “viejas heridas”. El entonces ministro de Defensa del gobierno, Antero Flores Araoz, abundó en razones. Según él, debían construirse hospitales y colegios y no museos, ya que, según sus palabras, “El Perú no necesita museos”. Esta frase absurda fue el título irónico de un artículo que publicó Mario Vargas Llosa en marzo de este año. En él, Vargas Llosa atribuía la negativa del ministro Flórez Araoz a dos características de la clase política tradicional: la intolerancia y la incultura. Luego abogaba ampliamente por la realización del Museo. Después de leer el artículo de Vargas Llosa, Alan García se reunió con el escritor peruano y dio marcha atrás en su negativa. García declaró que su gobierno sí aceptaría el donativo alemán y además nombraría una Comisión para la construcción del Museo presidida por Vargas Llosa. La comisión está en plena actividad y además de Vargas Llosa está integrada por Fernando de Szyszlo, Frederick Cooper, Juan Ossio, Enrique Bernales, Monseñor Luis Bambarén y Salomón Lerner, el presidente de la Comisión de la Verdad.

Hoy, a decir de sus integrantes, todo indica que los planes de construcción van en marcha. Sin embargo, representantes del ejército peruano ya han anunciado que esperan que el nuevo museo refleje el esfuerzo de su lucha contra Sendero. Ante ello, miembros de la comisión han anunciado que no habrá interferencias en su trabajo.

El tema tiene una enorme importancia porque ilustra un viejo problema latinoamericano, el de nuestra capacidad para mirar los horrores de nuestra propia sociedad con un afán de aprendizaje. Nuestra historia, hecha de olvidos y exculpaciones (los apresamientos a figuras de las dictaduras se han hecho varios años después o no se han hecho, en nuestro continente), ha practicado con frecuencia la amnesia como un antídoto político. La posibilidad de procesar nuestra historia, entender las causas políticas y sociales de sus traumas y confrontarnos con el horror, no ha sido una práctica común entre nosotros que hemos preferido olvidar y repetir nuestros errores y olvidos. Una sociedad en armonía, que supere la discriminación, cuando no la ignorancia entre sus miembros, es una utopía difícil de pensar hoy en el Perú. Sin embargo, el único camino hacia esa utopía es el reconocimiento de las diferencias culturales y la conciencia de un estado injusto, una situación explosiva que solo puede desembocar en acontecimientos traumáticos como el que fue Sendero Luminoso. La pregunta que tenemos que hacernos los peruanos es por qué un personaje de una personalidad tan delirante y homicida como la del líder senderista Abimael Guzmán pudo tener éxito en nuestra sociedad. Muchos peruanos pero no todos piensan, con razón creo yo, que la respuesta es que el mensaje de Guzmán se incubó en los siglos de odio y discriminación mutuos entre los distintos sectores de nuestra sociedad.

Hablé hace poco con Salomón Lerner, quien me confirmó que la Exposición se hará en el Campo de Marte, cerca de la magnífica exposición de piedra de la artista Lika Mutal, “El Ojo que llora”. Su intención es enviar y recibir muestras de exposiciones de provincias e incorporar un pequeño teatro donde se harán conferencias y debates, y una oficina del Consejo de Reparaciones. Una Fundación o un Patronato, sin vínculos políticos con el gobierno de turno, sería el modelo ideal de una Exhibición de esta naturaleza. Mirar estas magníficas fotografías y leer las páginas del informe son modos de que las futuras generaciones de peruanos comprendan las consecuencias de nuestras divisiones sociales. El proyecto de la Comisión es terminar la construcción del Museo antes del cambio de gobierno en el año 2011. Y si la Exposición Yuyanapaq logra por fin realizarse, se lo deberemos a Ángela Merkel, a Mario Vargas Llosa, a Salomón Lerner, al presidente García, entre otras muchas personas, pero especialmente a las lecciones que nos han dejado las decenas de miles de peruanos que murieron en la guerra que asoló nuestro país entre 1980 y 1993. Realizar el recuerdo puede ser también un camino, a veces el único, para el futuro.

– Alonso Cueto

miércoles, abril 01, 2009

Cuento

Caldo de bacterias

Gustavo Méndez M.

Me conocerán porque habré de ser un cadáver más en los periódicos, un cuerpo inerte vuelto fotografía descolorida y texto informe de algún periodista inepto. Me conocerán, pienso, porque la punta de la pistola descansa en mi frente y un pañuelo me obstruye la garganta. He llorado, no soy insensible. Poco han valido para mis captores esos ruegos de miradas que proyectan mis ojos negros. He de morir, en esta pocilga maltrecha embarrada de vómitos pasados, tal vez de otros secuestrados que antes fueran ciudadanos tontos.

Trabajaba cual negro esclavo en campos de algodón en una prometedora empresa de consultoría, y tenía por oficina un reducido cubículo que no obstante la incómoda estrechez, debía compartirlo hombro a hombro con un imbécil. Como perros machos en celo tras el culo estrecho de una hembra astrosa, solíamos laborar armoniosamente día a día, y casi también, noche a noche, para reportar números cada vez más prietos en los libros de contabilidad. Se valía de todo, como en la guerra, y poco me importa mencionar las trampas y demás artificios ingeniosos, utilizando las técnicas aprendidas en el liceo, que constituían lo que éramos, ingenieros briagos de tanta adulación recíproca.

Discusiones insensibles y gratuitas. Codazos en las costillas. Sonrisas falsas pero afables. Mentiras y escupitajos de desprecio en pleno rostro. Eso componía la cerúlea atmosfera del piso de oficinas que nosotros, el otro imbécil y yo, compartíamos con otros tantos soñadores que buscaban el escalafón inmediato. Yo escalé, qué bien me siento Dios del cielo, tan sólo de recordarlo, pero hacia abajo, donde moran las almas de los condenados.

A Diego le debo ese puesto. Por su recomendación y palanca con los altos ejecutivos, un día me vi en la oficina de recursos humanos firmando las condiciones de mi sueldo, prestaciones y obligaciones. Tal vez deba decir que años más tarde estaba arrepentido, pero como la mujer que gozosa recibe los golpes del esposo, me presentaba en la oficina cada mañana dispuesto a compartir las esporas y humores que despedía mi compañero, al que tenía tan cerca, amén de un salario. Qué no hace uno aunque deba besarle las manos a quienes ocupan un puesto que anhelamos. Soñaba el día en que asentaría mis pies sobre la jeta de Diego para subir al siguiente puesto. Cuando vi pasar a la loca que lleva los pelos al frente tapándole la cara, los así con ambas manos, no fuera ser que sólo me contentara con rasguñar su calva. Pero sus pelos se convirtieron en las serpientes de la medusa.

Sabrán mi complexión, color de mi pelo, de mis ojos y de mi piel, dónde vivía y mi condición de soltería por el periódico de mañana, no obstante revelaré mi nombre a estas alturas, aunque me sienta estúpido hablándole a un público ignoto. Hugo me llamaron siempre en vida mis padres y amigos. Hugito me llamó el primer muchacho que desvirgué en un motel abominable. En la compañía, pasé a ser ingeniero Salazar burilado en una placa de latón prendido al saco tornasolado.

Una tarde, tras libar seguidos tres cafés sabor trusa de trailero, y con el corazón a punto de taquicardia, después de haber alterado cuatro facturas y rehacer tres bitácoras de trabajo plus haberme entrenado en las milenarias artes del plagio de firmas, Diego (el mismo que conocí en la universidad y que, de haber tenido seis kilos de manteca menos en aquel tiempo, le habría propuesto sensato matrimonio, pero después, habiéndolo tratarlo en diferentes desveladas, tanto de trabajo como de parrandas, descubrí el error que habría cometido al esposarme a un gañán olvidadizo, maloliente y egoísta, al que sólo ofrecía amistad interesada), me mostró en su teléfono celular un video o cortometraje, no recuerdo, de las nalgas generosas apretadas por un simulacro de falda roja que las aprisionaba con violencia. Las nalgas de la ninfa pertenecen, o tiempo ha que pertenecían, no obstante la vulgaridad prodigiosa, a la mujer del jefe que ahora recuerdo se llama, o llamaba, Carolina. Increíble ver tanto mal gusto vuelto carne en forma humana que tiene pechos y pies que la llevan a tantos lugares como su lengua larga y cabeza hueca la dictan. Increíble también al conocer al tipejo que sostenía al látigo que se saciaba lacerando nuestras espaldas encorvadas, que placía en ser nuestro jefe. Tanta vanidad y modismo, tanto buen trato disfrazado, enamoramiento físico, sólo para cometer delito tras delito solapado, por él, por todo el mundo. Ella era la mujer del cortometraje y él su marido.

Al sentarme en la silla vuelta ergonómica a fuerza de tanto arrellanarme en ella, Diego me mostró, tras fumigarme con su vaharada de cebollas y cilantro, lo que había podido hacer al fin un día cuando acompañó al jefe a su casa, según, recuerdo, para buscar unas maquetas. Conocía más que bien la mansión que me lastimó la vista, la cual ayudé a erigir a pica piedra de mucha tranza, mientras yo recibía un mísero sueldo que se desvanecía, mes a mes, entre la casera y la lavandería. Había pues, sin dar más vueltas a la noria, un amplio estacionamiento para sus tres contaminantes camionetas, más el Mustang del niño y la vagoneta de su mujer. Y bajaba hacia el estacionamiento, preveniente de un cuarto lateral, tal vez un estudio, una escalera de cristal en forma de caracol que, según su dueño presumía, único en el fraccionamiento. ¿Bastante chic no Hugo? Claro ingeniero, cómo no. Costumbre era que, al llegar por este portafolio olvidado o aquel portaplanos, bajaba Carolina resonando con sus zapatillas de aguja que guinchaban el cristal. De vez en cuando, imposible no voltear la mirada al escuchar el ruido como de una gata copulando en plena azotea. Imagino la escena, no la del cortometraje, porque ese lo vi cientos de veces, sino más bien la del cineasta, con la mano temblorosa sosteniendo el celular y cuidándose de algún mucamo que lo sorprenda, mínimo ese detalle, porque también podría andar por ahí el holgazán del hijo, o peor aún, el propio jefe. Pero los pormenores de producción nunca pude conocerlos, tan sólo imaginarlos.

Después de ver el cortometraje, Diego se levantó de su asiento para bajar unas fichas de la repisa. Noté su sexo excitado. ¿Qué me ves? ¿Se te antojó? (Solía preguntarme eso cada cuando que despertaba su leviatán debajo de los calzoncillos y creo, procuraba hacerlo estando presente, porque siempre debía ponerse en pie para algo). Lástima por esa panza aguada, no tan rebosante, pero qué poco estético, le decía. Meses más tarde, cuando creí prudente, y hastiado de los constantes juegos homoeróticos entre Diego y yo, que le añadían esa tensión laboral al ambiente, juegos del que yo salía perdiendo y lastimado, aunque permanecía incólume a su presencia, maquiné el plan con que, albricias, le patearía los testículos.

Precisamente hace tres días, clarísimos los traigo en la memoria, salí del trabajo y tomando el camión del transporte público, llegué al cuarto que rento, decido a despojarme del saco y la corbata que apretaba mi nuez de Adán. Pero, cosa de usos y costumbres en las que uno se ve envuelto de repente por pura cortesía, la casera, usando ese mandil gualdado y decorado de hoyos, me pidió de favor, por decimotercera ocasión, que le ayudara a su sobrino con la tarea. Ande inge, ¿me puede hacer el favorcito? Cómo no doña Ifigenia, del sangrante corazón del niño Jesús, en seguida bajo a la cocina para ver qué le encargaron a Manuelito.

El mocoso de trece años iba cursando la secundaria cual cangrejo. Tercer semestre por tercera vez. Cómo decirle a Ifigenia su tía, vuelta madre en los apuros, que su sobrino no sería bueno en la vida más que para cargar a lomo bultos de papas en el mercado. Pero uno que desea siempre portarse a la medida de las circunstancias, ahí estaba yo, investigando en la Británica, misma que conseguí en una librería de viejo a buen precio como regalo, las teorías sobre el origen de la vida hace millones de años en este mundo. Ora un cometa errabundo del espacio chocó con la naciente Tierra y con él venía los elementos o seres extraños que harían la vida; ora rayos y centellas de la rala atmósfera de metano habrían creado los primeros organismos unicelulares en el fangoso manto hirviente circundado por volcanes; ora experimento de extraterrestres que se perdieron por el barrio; ora que de puro gusto los organismos vivos nacen espontáneamente, contra toda lógica, o peor de males: Dios, con su infinita misericordia, lo había creado todo, para dolencia de nosotros y regocijo de aquel. Y acá, cortina de hierro, porque el púber se sabía esta última al dedillo, encerrado en sí mismo cual molusco en su concha. A cargar talegas, me dije, dejando que meditara con los párrafos que yo le había subrayado nada más para que los copiara, mientras subía a mí cuarto pensando en las primeras células nuestros padres.

Dormité apacible. Al día siguiente sería viernes y eso era bueno. Pájaro que auguraba tiempos mejores, porque el piso de oficinas estaría un poco más vacío de lo acostumbrado: los viernes contadores y arquitectos suelen salir temprano. Llegué. Sonreí a la recepcionista. Hola qué tal, buenos días. Me acerqué a ella, y con algunos vales de despensa, la convencí de que le hablara a Diego, quien la cortejaba, para retenerle su teléfono celular. Me dirigí después a mi cubículo. Diego comía un refrigerio grasiento. Me convidaba. No gracias. Y después me invitó a ir mañana sábado a una fiesta donde una amiga de él me presentaría con un tipo quien había sido su novio hasta que lo descubrió con otro pero ahora toda amistad franca. Algo así recuerdo, y que era abogado. Y que llegaría a mi correo electrónico la foto de aquel. No gracias, dije, encubriendo mis remordimientos prematuros, adelantados, como siempre. Sandra la recepcionista llamó al cubículo. Contesta loco, nunca haces nada en la empresa, en balde tu sueldo. Descolgué. Es para tí, le dije. Al poco rato Diego se dirigió donde Sandra. Intenté corregir o, más bien, corregir a modo, ciertos presupuestos. Regresó Diego con su teléfono en la mano. ¿Pero..? ¿Cómo fue que…? Vi, en la distancia, mis vales. Regresó Diego con la secretaria y una pequeña caja policromática en una mano. Cursi mi amigo, pensé, mientras mis incrédulos ojos veían al celular reposando en el escritorio que decía cómeme, señorito. Tomé el celular de Diego y después el mío e intercambié ambos chips pero después me arrepentí y creí ese paso fútil a todas luces así que busqué primero el cortometraje y al encontrarlo lo cargué a un mensaje multimedia y oteando por encima del cubículo de vez en vez para cuidarme las espaldas en una de esas Diego tras sus pasos y busqué el número del celular del jefe y ya llega el otro y lo mandé sin dilación y ¡ey! ¡Galán de alberca!, dije eufórico. ¿Estabas viendo mi video? ¿Quieres hacerte hombre? Imbécil, dije, mientras me encaminada al baño.

Seguro que el jefe no estaría en la oficina siendo viernes pero ante la emergencia más seguro que llegara, inclusive derribando un muro si fuera necesario. O probable que mientras orinaba ya el jefe, manos ferinas y ojos inyectados de sangre, tenía a Diego arrancándole las bolas o por lo menos estrujándole su regordete cuello. Permanecí más tiempo para evitar semejante escándalo. Vomitaría al ver cómo le pegaban a mi amigo. Me daría lástima y me darían las lágrimas. Y tan sólo de pensarlo ya me había puesto medio triste. Me venía a la mente las veces que nos habíamos trasnochado con el grupo de estudio haciendo tareas, antes que la cerveza lo hinchara de fealdad. Me vi en el espejo y apareció Judas Iscariote. Me estremecí y después me mojé la cara con agua fría. Entró un contador a los retretes, tras él un afanador anciano a recoger los papeles y después Diego campechano. ¿Qué tienes tú? Qué te importa. ¿Vas a ir a la fiesta o qué? Va, allá te veo, contesté mientras salía.

Ya el edificio lo abandoné desértico mirando a Sandra de soslayo. Adiós ingeniero, escuché que dijo pero muy a la distancia, como si estuviera ella en París y yo en China. Me subí al transporte y me quité el saco. En una parada aproveché para sentarme a una silla que se había desocupado, pero poco me duró el gusto porque un tullido, con ojos de súplica, me lo pedía y accedí. Al bajar hice algo que me trae de nuevo a la punta de la pistola descansando sobre mi frente mientras mi captor sueltas imprecaciones monocordes. No puedo verlo. Incapaz me siento de subir la mirada. Una esquina antes de llegar donde viví los más desgraciados de mis días, golpes en mi espalda y después desmayo. Desperté en una bodega de cementos y varillas corrugadas. Aquí es, pensé, las cosas que he ayudado a ocultar con magia. Imposible recordar. Lloro. Ya no recuerdo si había mandado el video de la nalgona con mi número o el de mi amigo Diego. Qué imbécil. Llanto desesperado mi atrapa. La mano trémula que sosteniente el arma me levanta y me lleva a una oficina, abandonada tiempo ha. Bien sabes lo que hicistes, pendejo, dice el sujeto con su voz aguardentosa. Un judicial, pensé, ironías de la vida. ¿Quién fue el primero que aventuró la sentencia que siendo polvo al morir polvo seremos? Irresponsable por demás, bien supe hace algunos días que bacterias fuimos, organismos despreciables de donde surgió la vida. Mecanismo repetido, mil veces, por siglos. Bacterias nadando en la ciénaga de la existencia, en los albores del tiempo. Del vómito de volcanes, de rayos fulminantes, como del esperma que recorre un largo túnel vaginal, fuimos bacterias, y tantas desgracias para llegar donde partimos, a un cadáver pudriéndose por obra y causa de nuestras queridas primas. Sollozo. El judicial me tira al piso. Una carcajada retumbó en lo altos cielos, ¿o era un rayo? Imposible saberlo, público ignoto, que ahora me veo de vuelta, flagrada mi alma, a bucear en un caldo de bacterias.

domingo, marzo 08, 2009

Javier Marías sobre ‘Babel’

Debo preocuparme

Cada vez entiendo menos, pero no me falla. Sin duda el que debe preocuparse soy yo: tendré el gusto estragado, o anticuado; quizá ni siquiera sea un escritor, y es del todo imposible que sea un intelectual. Lo cierto es que cada vez que hay una película que mueve a los escritores e intelectuales a ocuparse de ella espontáneamente, a entusiasmarse, a ver en sus imágenes y en su guión profundos y complejos mensajes, caigo en la trampa, voy a verla y, casi invariablemente, a mí me parece una tontada pretenciosa y hueca, cuando no algo peor. Me pasó con las películas de Von Trier en general, y en especial con aquella en la que la cantante Björk hacía de ciega seráfica durante tres horas, entre canción y canción. Me pasó con American Beauty, de Mendes, de la que por suerte se me ha olvidado todo menos la escena digna de spots –e imitada por tanto en los spots– en que sobre el cuerpecillo de una joven caía una lluvia de pétalos rojos con cursilería insuperable. Hasta me sucedió con Mystic River, del otras veces admiradísimo Eastwood, que me resultó poco creíble, amanerada y con un Sean Penn para darle de pescozones, que por lo demás suele merecer en casi toda ocasión. Me ocurrió con Crash, de Haggis, en la que los buenos no lo eran tanto ni los cabrones tampoco, qué lección. Pero nunca escarmiento y siempre pico, así que este año me fui a ver, tan esperanzado (bueno, miento: su afamado guionista me había dado ya algún disgusto, Peckinpah mediante), la celebradísima Babel, de González Iñárritu.

Hace ya tiempo que se ha puesto de moda –yo creo que por su facilidad– un tipo de película y de novela a las que con frecuencia se aplican dos o tres adjetivos de los que debería ya huir como de la peste: si el autor o los críticos califican la obra en cuestión de "coral" o "fragmentaria", de "mestiza", "multicultural" o "intercultural" (tanto da), empiezo a desconfiar. Cuando hay muchos personajes y ninguno sobresale sobre los demás, lo normal es que acabe por no haber ninguno, sino arquetipos apenas trazados; cuando se entrecruzan varias historias, lo habitual es que en realidad no haya ninguna, sino unas cuantas "situaciones" estancadas o empantanadas; cuando aparecen gentes de diversas culturas o lugares, suelen estar retratadas con cuatro pinceladas tópicas y "periodísticas", que subrayan un mensaje ramplón: cuanto más pobres las gentes, más generosas, alegres y bondadosas; cuanto más ricas o de países pudientes, más egoístas y superficiales. Y luego, para que a todos esos personajes les ocurran desgracias o cosas tremendas, conviene mucho que sean idiotas y metan la pata sin cesar. Esto sucede sin cesar en Babel.

Tantos espectadores la han visto ya, transidos, que no creo destripar mucho si recapitulo un poco. Unos niños pastores marroquíes se hacen con un rifle que disparan sin ton ni son y como si la munición saliera gratis. A un matrimonio americano, que ha perdido a un hijo, no se le ocurre otra cosa que dejar a los dos que le quedan e irse a miles de kilómetros –no se sabe a qué–, a una zona semidesértica de Marruecos casi en medio de la nada. La señora mexicana que cuida a esos niños no tiene otra idea que cruzar la frontera con ellos y con un sobrino impulsivo para asistir a una boda en el país vecino, y el guionista se encarga de que todo lo hagan tan mal como para acabar tirados en medio del campo, bajo una solana que deshidrata a los críos, y perseguidos por la policía de inmigración. Una joven japonesa sordomuda (pero que más que sordomuda parece retrasada mental) deambula por Tokio con sus amigas y una "necesidad de comunicación" –observan con agudeza los intelectuales– que se confunde fácilmente con salidez: primero les enseña el chumino a unos horterillas de su edad, luego al dentista, luego se le desnuda del todo a un poli que no sabe qué hacer. Para que haya alguna conexión con todo lo anterior, el anodino guionista hace que el rifle en manos de los niños pastores fuera regalado por el padre japonés de la sordomuda al guía que tuvo durante una cacería (?) en esa zona semidesértica de Marruecos en la que no se ve ni un animal, cabras aparte. Los marroquíes pobres son muy buenos y solidarios con la mujer americana malherida de un balazo pastor; los de la boda mexicana son muy vitales y cariñosos; la situación de la americana se eterniza, se estira; las escenas de la boda, también; las andanzas de la sordomuda la llevan a tirarse diez o más minutos de metraje bailoteando con los horterillas en una discoteca de la que el espectador no ve la hora de salir. Todo co n una música pedante y envarada, a la que en vista de eso se le ha concedido el Oscar este año. Todo me resultó falso, gratuito, huero, mal hilado y artificial. Eso sí, acompañado de mucha intensidad postiza por parte de guionista y director, de un solemne gesto de "genialidad".

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Bien, según numerosos críticos de diferentes países, según la Academia de Hollywood, según escritores e intelectuales sin cuento (desde Carlos Fuentes hasta mi gran amigo Manuel Rodríguez Rivero, al que mucho rodríguezvenero y respeto más), la película es efectivamente genial, como todas las otras que he mencionado. Ya lo he dicho al principio, está claro: aquí el único que debe preocuparse soy yo.

Artículo publicado hace tiempo en El País.

viernes, febrero 20, 2009

El judío que sabía demasiado

Reseña de “Pi” de Darren Aronofsky, 1998.

Al intentar escapar del laberinto en los que tenía encerrados el rey Minos, Dédalo, inventor y constructor, entre muchas cosas, del mismo laberinto donde se haya atrapado, junto a su hijo Ícaro, cuando aquel perdió la buena fe que rey le tenía, resuelve fabricar una alas, (artefactos que los griegos mitológicos solían utilizar en espalda o pies a manera de herramientas que le permitían alzar el vuelo), con las cuales saldrían del laberinto, teniendo en cuanta que el rey, todopoderoso, ejercía jurisprudencia total tanto en la tierra como en los mares, por lo que Dédalo veía reducidas sus posibilidades para escapar de tal confinamiento. Con las alas hechas, Dédalo aconsejó al jovial y curioso Ícaro, todo un icono del espíritu libre moderno a juicio del reseñista, que no volara demasiado alto: una excesiva cercanía con Apolo, dios del sol, terminarían por derretir la capa de cera con que estaban cubiertas las plumas que el constructor utilizó para un mejor funcionamiento aerodinámico de las alas. Ícaro, como se ha referido hasta el hartazgo, desobedece al padre sorprendido por una nueva visión: bien puede uno imaginarse que desde cierta altura, ya sea sobre la cima de una montaña o montado en un avión, la perspectiva de las cosas cambia. Así, sorprendido, Ícaro desatiende el consejo paterno, vuela tan alto en la bóveda de los cielos que un leve roce de sus alas con un rayo de Apolo lo derriba al mar.

Se cuenta, en resumen, el conocidísimo y muchas veces referenciado mito griego. Referenciado tanto en cine como en literatura, y referenciado por Aronofsky en su ópera prima como una parábola del hombre que tiene alas y, sin atender consejos de terceros, bate tan fuerte el viento alrededor de sí que logra subir demasiado, tal como corre la suerte del protagonista, héroe derribado, Maximillian Cohen.

Cohen es un eminente matemático de cierto renombre, quien trabaja bajo la tutela de otro eminente matemático, Sol, mismo que fungiría a lo largo de la película como un Dédalo un poco apartado. Transcurre sus miserables días intentando obtener un patrón de comportamiento en el convulso y volátil mercado de valores; algoritmo por demás complicado de elaborar. Aunque vive plenamente convencido de la existencia de patrones de comportamiento absolutamente de todo, por el contrario, a Sol le resulta por demás complicado reducir todos los aspectos de la naturaleza a un solo modelo matemático, que el caos siempre será caos, mientras que el jovial Cohen, Ícaro tal cual, considera que tarde o temprano tanta reiteración cíclica de ciertos eventos de la naturaleza terminan por representar patrones que pueden simplificarse en un algoritmo, y que, además, siendo el mercado de valores un ente autónomo lleno de números volátiles aunque cíclicos, no tardará, después de cierta exhaustiva búsqueda, en encontrar la fórmula mágica.

Siendo famosa su habilidad matemática, conocida hasta por una vecina inoportuna, y famosas también sus pesquisas numéricas, nuestro héroe es cazado por dos fuerzas por demás opuestas: de un lado de la moneda los hombres del misticismo, representados por un grupo de judíos, quienes desde milenios buscan, utilizando las técnicas de la kabbalah, un número mágico que representa la llave para conocer el verdadero nombre de dios (según la propia tradición judía); y por el lado restante de la moneda a los hombres del materialismo, representados por una poderosa corporación que busca, férreamente, la solución que prediga el comportamiento de las bolsas de valores y con ello obtener el control total del mercado de valores. Dos aspectos que exploran los guionistas, como ejemplos de lo que representa para el hombre moderno la felicidad plena: la comodidad material y la felicidad espiritual.

Al ser cazado por ambas fuerzas, Cohen señala no estar interesado ni en religión ni en aquello que pueda ofrecer la corporación. Relata, por lo menos tres veces, que de pequeño vio directamente al sol, desobedeciendo un consejo materno, padeciendo gravísimas secuelas de un suceso sumamente importante del cual no es consiente hasta que se le revela (y a nosotros también), la verdad de su existencia. Eso que se ha señalado como paranoia en ciertas semblanzas de la película, y que padece el protagonista relatado en una interesante exploración estética bien llevada por el director, tiene más semejanzas con la epilepsia fotosensible, un padecimiento neurológico que es causado por la exposición a una luz intensa, provocando fuertes migrañas. Migrañas y fuertes delirios que, se presume, Cohen viene padeciendo desde la exposición de sus retinas a los rayos de Apolo. Así también, cada vez que éste parece estar más cerca de la revelación de la fórmula mágica, la afección neuronal lo aqueja, cada vez con más intensidad.

Afectado ya por el asecho de ambos bandos, y habiendo cedido ante los dos (por un lado acepta el nuevo chip que la corporación le ofrece y por el otro acepta una sesión mística con el grupo de judíos), su mentor le aconseja seguir el ejemplo de Arquímedes, utilizando otra leyenda por demás hermosa en donde el genio, después de vivir atormentado un tiempo buscando cómo tener la certeza de que una onza de oro vale oro, va y se toma un baño en una tina, donde, después de la confortación, lograr aclararse las ideas y descansar la mente, alcanzando una etapa de lucidez que le revela el enigma: entonces Arquímedes grita eureka. Pero Cohen no es un viejo sabio artrítico, sino más bien jovial y curioso, que vuela ya un poco alto surcando la bóveda celeste y con una nueva perspectiva de la naturaleza, recordando que, después de hacer trabajar en extremo la unidad procesadora de su computador, ya de nuevo ha solucionado el problema con el nuevo chip, un par de alas que lo elevan demasiado al sol, tan cerca, que sus excesivas dimensiones lo ciegan: reanudada la pesquisa numérica, después de ciertas momentos tormentosos, Cohen encuentra un bug, o error informático de programación, el cual hace imprimir y desechar inmediatamente, cuando cree que aún está muy lejos de predecir el comportamiento de Wall Street; aunque, para su mayor desgracia, la hoja impresa es recuperada por los hombres del materialismo.

Cabe recordar en este punto que, en una de esas tantas conversación de Sol con su pupilo, un científico es aquel que tiene certeza sobre las cosas, y que a diferencias de un simple numerólogo, sabe reconocer a 216 como un simple número y que, focalizado en él, bien podría encontrarse en cualquier conteo de escalones o en las veces que un chofer se queja del tráfico. Cohen parece ir perdiendo progresivamente la capacidad cognitiva que caracteriza al buen científico, focalizándose en extremo en la serie de Fibonacci, referenciando reiteradamente en las relaciones dimensionales que construyen a una espiral, un caracol, un girasol: simbología insertada con buen ojo narrativo. Aunque tanta reiteración de la proporción dorada, desde el primer encuentro del judío y Cohen, cuando aquel le explica el funcionamiento de la cábala, hasta el grado de mencionar al hombre del Vitrubio, la cinta parece estar más apegada a esa idea bastante jugueteada por místicos y numerólogos, que la película bien podría haberse llamado “Phi”, letra griega con la cual ha sido designada la proporción divina.

Atrapado en el laberinto, Cohen usa su ingenio y vuela para escapar. Observa y contempla obsesivamente, paranoicamente, a costa de sus convulsiones cada vez más violentas, el bug que la máquina le arroga, un computador que, referencias menos referencias más, tiene una hermana gemela creada por la dupla C. Clarke-Kubrick, HAL 9000, porque Euclides, así como el cerebro rector de la Discovery, falla por intervención de un orden superior, en el momento que sus operadores no saben interpretar esos deslices técnicos. Así lo interpreta nuestro héroe, cuando acepta con esperpento que está muy alejado del algoritmo mágico: mira y relee la colección de números que cree erróneos sin poder interpretarlos. Pero escapa, como se ha dicho, perseguido por fieles servidores del rey Minos. Escapa volando el jovial Cohen cuando ambas fuerzas ya lo tienen atrapado, vuela suspendido frente a la grandeza de Apolo, sin que lo reconozca: la corporación le exige el algoritmo completo, la secta que le dicte todos los números. Cohen les dice a ambos no saberlo, hasta que, frente al rabino mayor, se le revela la verdad: el bug no es otra cosa que la llave mágica, para acceder a dios y para controlar a Wall Street.

Pero la conclusión a la que llega una vez que se la revelado que desde la infancia había entrado, vía ocular, en contacto con dios, es sólo una cara de la moneda: Cohen también acepta, diciendo que lo ha visto todo, que vivirá aún más infeliz y desgraciado si conserva con él la llave mágica y, tomándole la palabra a su mentor recurre al borrado físico de su memoria: el héroe, después de un tormentoso camino, se inmola, como todo un clásico griego.

En el último momento, contando con la llave que le abrirá la puerta de entrada al cielo (al cielo judío) y que le permitirá controlar los mercados de valores del mundo, una oportunidad de satisfacción plena, que le permitiría tener colmadas sus aspiraciones materiales y espirituales al mismo tiempo (piedra angular por demás socorrida), él recuerda no estar interesado ni en la religión ni en el dinero; su entrenamiento científico y por ello mesurado parece triunfar en el último momento: él se sabe puro, y decide no revelarle al rabino mesiánico la información de tan preciados números.

Siendo ésta película un detallado viaje de un héroe por demás marginado, cabe suponer que el Cohen que conocemos al principio no es el mismo Cohen después de caer al mar. Primero era un científico más que gustaba ocupar sus miserables horas libres a la contemplación técnica de la naturaleza (buscando eventos cíclicos), pero una vez habiendo recorrido un tortuoso camino, vemos a un Cohen que pasa sus apacibles tardes otoñales sentado en una banca dedicándose a la contemplación estética de la naturaleza. Nace un poeta.

Filmado sin cámaras

House of cards, videoclip de Radiohead, filmado sin cámaras. ¡Hay que ver!



El 'making of'.

miércoles, febrero 18, 2009

Permiso para disentir

Uno de los grandes genios geeks además de divulgador de la ciencia en el finiquitado Siglo XX es sin duda (lo es porque su obra perdura), Isaac Asimov. Aparte de haber publicado más de quinientos libros, era un excelente pensador, que lo mismo escribía narrativa, explotaba las posibilidades del cuento, divulgaba la ciencia y dictaba conferencias; además de amar fervientemente a su esposa.

Una vez me topé con uno de sus libros de ensayos: “La mente errabunda”, en el cual el genio de Petrovichi se quejaba de la educación que se le impartía a los futuros ciudadanos de los Estados Unidos de América (patria que lo adoptó). Según él, el sistema educativo norteamericano no hacía más que formar a los alumnos como loros, exigiendo que repitieran lo mismo que sus profesores les enseñaban, profesores que de igual manera aprendieron repitiendo como loros lo que otros profesores decían. Así hacia atrás en el infinito, evitando todo marguen de holgura en el que un alumno pudiera desviarse un tanto más a un lado u otro, sin que llegue a tener reflexiones propias, auténticas. ¿Su declaración es un acto de hedonismo intelectual o una queja más de un pensador senil?

No conozco EU ni mucho menos su sistema educativo, pero la afirmación de Asimov bien que viene a cuento con el sistema fracasado de enseñanza aplicado en México. Sólo los priistas creen que todo es color de rosa; sueñan sus mega sólidas instituciones que sus mega mentes ineptas, con el mínimo de margen necesario, apenas y alcanzan a entender el desastre nacional que crearon. Pero es bien cierto, el sistema educativo mexicano gradúa millones de niños-loro cada año más otros millones de adolescentes preparatorianos-loro aparte de los universitarios-loro. Hasta ese nivel llega la política “apréndete esto así porque lo digo yo” o “aprende a repetir esto porque está en el libro”, sin importar si tal o cual libro tiene graves erratas. De esta forma, el estudiante más laureado con diplomas de reconocimiento es aquel que se sabe al dedillo todo exactamente igual como lo leyó en los libros y lo “aprendió” en las aulas. Y este estudiante ejemplo obtiene las mejores ofertas de empleo, porque va en el carril del éxito.

¿Hay algún problema en eso? El más grave es la falta de estimulación intelectual y otro la falta de inventiva, dos lastres que todos los mexicanos que tuvimos o tenemos la fortuna de estudiar llevamos arrastrando. Si México no se ha caracterizado como un país productor de tecnología innovadora, o de corrientes artísticas de vanguardia, sea por repetir tal cual lo que otros ya han explotado. Hemos llegado a ser, con tristeza, un país de conformistas. Desde niños nos dicen qué creer, qué ver, qué oír y cómo pensar; práctica común en países de orientación socialista. Millones de cerebros no fueron estimulados en la curiosidad; ahora esos cerebros están conformes con:

1.- Aprender un nuevo idioma sólo para emplearlo en la vida diaria,
2.- Leer únicamente aquellos libros que les ayuden a alcanzar el éxito,
3.- Ver películas que le diviertan,
4.- Aprender lo mínimo necesario que les sea útil en el trabajo.


¿Hay algún problema en eso? Sí, México es un país dependiente. Depende de la tecnología de Asia y Europa. Depende de la religión para darle sentido a la vida. Y si hay en México la ilusoria opinión de haber evolucionado, es por copiar aspectos “exitosos” ya probados y rebasados en nuestros vecinos. Pero, en cuestiones culturales y tecnológicas, ya nos llegó la involución. ¿Pruebas? Nada más ver la televisión abierta un sábado por la mañana y verá a una vedette junto a un galán de alberca discutir sobre la telenovela del momento. ¿Involución periodística? Lea 'Proceso' o 'El Sendero del Peje', o más pruebas aquí.

Como en los tiempos de la Alemania comunista más recalcitrante, la “cultura mexicana” ha llegado a niveles absurdos. Si alguien comenta algo sobre algún tema, que nadie se atreva a opinar diferente (no aplica a los deportes). Hay que decir “sí” para que dedos acusadores no te tachen de excéntrico, puede pasar que la policía del “buen pensar” te lleven a los separos del desprestigio social. Ya no digamos cuestionar, voz en pecho, en una reunión con los cuates, la existencia de dios o la cultura de un país.

Pues bien, este blogger no teme el desprestigio social de México. Este blogger duda que Miguel Hidalgo sea el padre de la patria, que los Niños Héroes existieron, que sea necesario decir “provecho” a un prójimo que está comiendo, que Carlos Fuentes es el escritor mexicano más importante, que Emiliano Zapata haya sido un héroe redentor campesino; así también ha puesto en el crisol del escrutinio a la religión cristiana; ha puesto bajo el microscopio de la duda a la misma Biblia. Es más, este blogger declara que todo en la Biblia es pura mitología plus historiografía falseada.

¿Se ha llegado a ser magnánimo y autosuficiente, sin quererlo, en este texto? Es posible. Ustedes dirán que este blogger ha repetido como loro la máxima de Asimov, tal cual él la ha escrito. Sea entonces la disensión y réplica una de las pocas buenas prácticas intelectuales a emular.



En la fotogradía, loro con guacamayo.

La región más transparente del aire

¿Qué se puede hacer con un montón de fotografías y un poco de música en una hora de oficina en la que no hay, aparentemente, nada que hacer? Ya, claro, más obvio no puede ser: un video para subirlo a Youtube.

Las fotos, del autor de este blog. La música, de Radiohead. Software, Windows Movie Maker. Enjoy.